La Antigua Roma

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Vista lejana de uno de los antiguos foros de Roma

La Antigua Roma

Con los idus de este mes de marzo, que ya dejamos atrás, se han cumplido –chispa más o menos– dos mil sesenta y un años del asesinato de César. Probablemente uno de los personajes históricos sobre los que más se ha escrito y que hoy, 16 de marzo (“Ante diem quintum decimum Kalendas Apriles”, que diría un romano), día en el que rescato el texto que sigue para este artículo, inevitablemente me tenía que venir a la memoria.

La Antigua Roma está más presente entre nosotros de lo que a veces nos pensamos. La huella de la civilización romana no solo perdura, sino que continuará perdurando por mucho tiempo. La lengua en la que nos comunicamos, el Derecho por el que se rige nuestro ordenamiento jurídico, muchas de nuestras costumbres y tradiciones constituyen parte de su gran legado a la posteridad. Además de todas las construcciones arquitectónicas (vías, basílicas, villas, templos, puentes, acueductos, teatros, anfiteatros, circos, etc) cuyos restos se conservan en infinidad de rincones de este Viejo Continente, especialmente la Europa Mediterránea, así como el Norte de África, Asia Menor y Oriente Medio, recordándonos no solo su poderío, sino también su pragmatismo.

Una mirada detenida a la Antigua Roma nos permite descubrir un sinfín de semejanzas con prácticas y conceptos que manejamos en las sociedades occidentales de hoy día. En el siglo I a. C. la República romana, con quinientos años de existencia, funcionaba como una pseudodemocracia. Y digo pseudodemocracia porque la idea que los romanos por aquel entonces tenían de la democracia no es la misma que nosotros tenemos. Con una estructura institucional firme y consolidada y un plantel de magistraturas civiles, o cargos públicos, que se ocupaban mediante un complejo sistema de elecciones en el que solo tenían derecho al voto los varones, patricios o plebeyos, que estuvieran censados como ciudadanos.

Llama la atención, por ejemplo, cuánto en materia política, para lo bueno y para lo malo, debemos a esa República de la que los romanos durante cinco siglos se mostraron tan celosos y orgullosos. Sobre todo en lo que a corrupción se refiere. (Ahora que, por desgracia, tanto tenemos que hablar de este tema). El clientelismo, una de las lacras de nuestra democracia actual, no solo era habitual, sino que se erigía en toda una institución dentro de un sistema en el que también competían partidos. En este caso, el de los optimates, que representaba los intereses de los más pudientes, y el de los populares, que defendía los intereses de la plebe, constituida por los menos favorecidos por la Fortuna. La eterna lucha de clases, que diría Marx.

La Antigüedad Romana, o, para ser más exacto, la Antigüedad Clásica, forma parte de nuestras remotas señas de identidad como europeos. En la actualidad hablamos de globalización y nos pensamos que estamos ante un fenómeno nuevo, producto del siglo en el que vivimos, pero la realidad es que no es nuevo del todo, tiene sus antecedentes. Tras el sueño frustrado de Alejandro Magno por unir bajo dominio macedonio la mayoría de los pueblos entonces conocidos, encontramos en la expansión de Roma y su gran Imperio un fenómeno que, en alguna medida, puede comparársele. Pues la República, primero, y los césares, más tarde, crearon un espacio inmenso –las Galias, las dos Hispanias, el norte de África, Iliria, Macedonia, Grecia, Asia Menor, Siria y otros territorios limítrofes, con el Mediterráneo como centro– en el que convivieron una gran diversidad de naciones que compartieron las leyes que las instituciones romanas imponían, las monedas que los romanos acuñaban, el derecho de ciudadanía que las autoridades romanas otorgaban y extendían y el latín y el griego como idiomas oficiales.

El emperador Marco Aurelio, en el siglo II d. C., encarnó mejor que ningún otro esa aspiración por hacer de Roma la patria única de todos los habitantes de la ecúmene o, lo que es lo mismo, la patria única de todos los seres humanos del orbe. Y, sorprendentemente, en pos de esa misma aspiración, aunque no bajo la égida de Roma, sino la de una democracia y una paz auténticas, casi dos mil años después todavía seguimos enfrascados.

Como ya saben, de cuando en cuando está muy bien eso de echarle un vistazo a la Historia.

Viva Campo de Gibraltar, 17 de marzo de 2017


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Circo Máximo

Abre al público el Circo Máximo de Roma

El mayor circo de la antigua civilización romana, de unos 600 metros de largo y 140 de ancho, se ha convertido en un museo al aire libre

Roma ha recuperado uno de sus lugares más simbólicos: el Circo Máximo, la estructura para espectáculos más grande de la Antigüedad, conocida sobre todo por las carreras de carros en la Antigua Roma. El Circo Máximo, o Circo Massimo en italiano, se remonta a los orígenes de la ciudad: cuenta la leyenda que allí tuvo lugar el Rapto de las Sabinas, es decir, el secuestro de las más bellas mujeres sabinas durante unas pruebas deportivas y por parte de los fundadores de Roma. El área arqueológica del Circo Máximo ha abierto por primera vez al público tras la finalización de los trabajos de restauración y de excavación, que comenzaron en 2009.

El mayor circo de la antigua civilización romana, de unos 600 metros de largo y 140 de ancho, ha acogido todo tipo de eventos públicos a lo largo de la historia: competiciones hípicas, caza con animales exóticos, representaciones teatrales, ejecuciones, procesiones religiosas y triunfales… Por el valle pasó posteriormente un curso de agua conocido como Acqua Mariana, se convirtió en una zona de cultivos agrícolas y de molinos, en la propiedad privada de la familia Frangipane, en un cementerio judío y, a partir del siglo XIX, acogió un gasómetro, almacenes, manufacturas, empresas artesanales y viviendas.

La zona arqueológica del Circo Máximo se ha transformado en un museo al aire libre, con una terraza panorámica que permite contemplar el antiguo recinto alargado, partido en dos por una spina o muro central que estaba decorado con estatuas, templetes, estanques y dos grandes obeliscos egipcios que en el siglo XVI fueron trasladados a la Piazza di San Giovanni in Laterano y a la Piazza del Popolo. Los visitantes pueden acceder a las galerías que conducían a las gradas de la cávea y pueden observar lo que queda de las antiguas letrinas, tabernas romanas y lupanares, entre otras cosas.

Origen: Abre al público el Circo Máximo de Roma, donde se disputaban las carreras de carros | La túnica de Neso


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J. A. Ortega en el Coliseo

J.A. Ortega y el secreto de los Balbo – temporamagazine.com

El pasado 23 de febrero, José A. Ortega publicó su novela “El secreto de los Balbo” y ha sido tan amable de hablarnos de su última novela. Periodista y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología -por la Universidad Complutense de Madrid y por la UNED respectivamente-, ha trabajado para los periódicos Europa Sur, El Faro de Algeciras Información, Viva Campo de Gibraltar y La Verdad del Campo de Gibraltar, así como en la radio. Fue cofundador y director del periódico Los barrios Información y corredactor y coeditor de La Crónica del Estrecho y Sáhara Libre. También ha participado en la redacción y edición de trabajos como La historia de Los Barrios en Imágenes, con motivo de la celebración del tercer centenario de la Villa, y de memorias de personajes conocidos de la comarca campogibraltareña. Hasta la fecha ha publicado la recopilación de relatos breves titulada “Viaje de regreso” (1996) y dos novelas: “El clan de los ilusos” (Publicaciones del sur, 1999) y “El Reino de las Sirenas” (Ediciones Atlantis, 2011). Además de cuentos y poemas en antologías compartidas, tanto en España como en el exterior, y en revistas literarias, así como numerosos artículos de opinión, reportajes y entrevistas. Sin más dilación iniciamos el diálogo sobre esa antigua  familia gaditana que tan bien nos plasma en su novela histórica.

¿Por qué la antigua Roma?

En honor a la verdad, porque siempre me fascinaron las películas de romanos. Yo soy de esa generación que creció en los setenta viendo repuestas en TV, especialmente en los días de Semana Santa, aquellas grandes superproducciones de Hollywood dedicadas a la historia de Roma. “Ben-hur” (1959), de Willliam Wyler, con Charlton Heston de protagonista, y su espectacular carrera de cuadrigas; “Quo vadis” (1951), de Mervyn LeRoy, basada en la novela de Henryk Sienkiewicz, con Robert Taylor, Deborah Kerr y Peter Ustinov en el memorable papel de Nerón; “The Robe” (“La Túnica Sagrada”) (1953), de Henry Koster, con Richard Burton, Jean Simmons y Victor Mature; “Cleopatra” (1963), de Joseph L. Mankiewicz, con la inigualable Elizabeth Taylor, Richard Burton y Rex Harrison; “Julio César” (1953), también de Mankiewicz, con el hoy ya mítico Marlon Brando en el papel  de Marco Antonio, y otros tantos largometrajes, de menor cartel mediático que los mencionados, quizás, pero igual de interesantes y apasionantes para mí, que contribuyeron a incentivar mi imaginación. Del mismo modo que contribuyeron los muchos comics que leí siendo apenas un crío. En particular los de “El Jabato” y “El Capitán Trueno”, de Editorial Bruguera, si mal no recuerdo. No en vano el primer borrador de novela que redacté, cuando solo contaba quince o tal vez dieciséis años, con mi primera máquina de escribir marca Hispano Olivetti, tenía por escenario Roma, Y, por cierto, todavía lo conservo.

¿Queda lejos la época romana? ¿Qué elementos han pervivido?

Desde luego, queda menos lejos de lo que a veces el común de la ciudadanía se pudiera pensar. La huella de la civilización romana no solo perdura, sino que continuará perdurando por mucho tiempo. La lengua en la que nos comunicamos, buena parte del Derecho por el que se rige nuestro ordenamiento jurídico, muchas de nuestras costumbres y tradiciones constituyen el legado de Roma y su Imperio a la posteridad. Además de todas las construcciones (vías, basílicas, villas, templos, puentes, acueductos, teatros, anfiteatros, circos, etc) cuyos restos se conservan en infinidad de rincones de este Viejo Continente, especialmente la Europa Mediterránea, así como el Norte de África, Asia Menor y Oriente Medio, recordándonos no solo su poderío, su grandeza, sino también su pragmatismo.

¿A qué se debe su gran interés por la antigüedad romana?

La Antigüedad romana, que no es sino componente de una entidad mayor, la que designamos desde el punto de vista historiográfico con la expresión Antigüedad Clásica, forma parte de nuestras remotas señas de identidad como europeos. Decía yo una vez en una entrevista que es imposible vivir junto al mar y no sentirse atraído por su encanto… Lo mismo se puede decir en cuanto a lo de vivir en una tierra como la nuestra, Hispania, una de las más destacadas provincias del que fuera Imperio Romano. Es difícil vivir junto a las Columnas de Hércules, cerca de lo que fuera Carteia, a escasa distancia de Baelo Claudia, a orillas de lo que los romanos llamaron Mare Nostrum o Mare Internum, y no experimentar interés, fascinación, a poco que se tenga un mínimo conocimiento acerca de nuestra Historia, por una civilización como aquella que tuvo, como ninguna otra hasta entonces, vocación de universalidad…

¿Cómo se inició en la Historia y qué le llevó a utilizarla como vehículo para contar historias?

Quien se dedica a escribir ama la historia. Por devoción y por obligación. Y, por supuesto, quien se dedica a la narrativa, todavía con más motivo. Porque los primeros narradores conocidos fueron, en realidad, historiadores. O al revés. Dicho de otro modo, en todo escritor hay una vocación de historiador. Así que como individuo con vocación por la literatura desde una temprana edad era inevitable que me inclinase por la Historia como una de mis áreas predilectas de conocimiento. Lo cual no quiere decir que tuviera en el pasado y tenga en el presente la intención definida de dedicarme a la historiografía o a cultivar con mayor o menor exclusividad el género de la novela histórica…

¿Qué temas le interesa más de la Historia? ¿Y de la Historia de España?

De la Historia Universal, aparte de la Antigüedad Clásica, es decir, Grecia y Roma, me gustaría mucho escribir sobre la cultura escandinava. Me encantaría dedicar mi atención a los pueblos vikingos y novelar sobre algunos de sus grandes mitos. También me apetece probar con el Antiguo Egipto. ¿A qué fabulador no le tienta la enigmática civilización que durante milenios creció a orillas del Nilo y construyó las pirámides? Y alguna que otra vez se me ha pasado por la cabeza adentrarme en un campo un tanto espinoso como es el de la religión y todo lo que rodea a la figura de Jesús de Nazaret. En lo que se refiere a la Historia de España, me atrae mucho la idea de centrarme en los pueblos que habitaban el sur de la Península Ibérica, lo que hoy es Andalucía, antes de la llegada de los romanos.

Ha trabajado para varios periódicos y siempre le ha interesado la historia gaditana, lo que me lleva a preguntarle sobre dos noticias relacionadas con Cádiz que han salido hace poco. ¿Qué le parece la teoría del filólogo Alberto Porlan en su obra reciente Tartessos. Un nuevo paradigma (Libros de la Herida, 2015) de situar la capital del mítico reino en una isla fluvial del río Barbate?

Conozco la teoría, pero carezco de los elementos de juicio necesarios para poder valorarla debidamente. En cualquier caso, está meridianamente claro que es en el cuadrante suroeste de la Península Ibérica donde se ubica esta civilización.

¿Entonces qué hacemos con los supuestos restos hallados en Sanlúcar de Barrameda por Manuel Cuevas? ¿Estamos ante Tartessos o ante la Atlántida?

Me reitero en lo que decía en mi respuesta a la pregunta anterior. Independientemente de las investigaciones y las especulaciones sobre la situación concreta de su capital, lo que parece evidente es que los tartesios se extendieron sobre parte de lo que hoy son las provincias de Cádiz, Huelva e incluso Sevilla. Y es evidente que hubo una estrecha relación entre su civilización y el mito platónico de La Atlántida. Pero ya que hablamos de la cuestión me voy a permitir recordar un detalle, quizá anecdótico, aunque significativo, que me ha venido a la memoria: el hecho de que el propio Cicerón en más de una ocasión se refiriera a Balbo El Gaditano, con el que mantuvo cierta amistad, como el tartesio…

La novela El secreto de los Balbo está dedicada a un personaje histórico y a su gens bastante desconocidos por el público, además con el incentivo de que sus vidas se desarrollaron a finales de la República romana. ¿Qué atractivo tiene Lucio Cornelio Balbo el Menor y su tío –Lucio Cornelio Balbo el Mayor– para que protagonizaran su novela?

El detalle de que fueran gaditanos para mí ha sido determinante. Y, desde luego, también el hecho de su cercanía a varios personajes que marcan los años del siglo I a. C. y el período de crisis de la República que derivaría en el régimen autocrático de los césares. Me refiero a personajes de la talla de Gneo Pompeyo Magno y, sobre todo, Gayo Julio César, pero también a Marco Tulio Cicerón, Marco Antonio y Gayo Octavio Turino, futuro César Augusto. En los textos clásicos no abundan las menciones a los Balbo de Cádiz, pero las registradas son bastantes significativas. Tanto Lucio Cornelio Balbo El Mayor como su sobrino, Lucio Cornelio Balbo El Menor, fueron figuras muy relevantes en su tiempo. Balbo El Mayor fue el primer ciudadano no nacido en Italia que alcanzó la más alta magistratura del estado romano, el consulado. Y Balbo El Menor, por su parte, además de llegar a ser procónsul en África, fue el primer ciudadano no nacido en la península italiana en celebrar un triunfo en Roma.

Portada del libro "El Secreto de los Balbo"¿Qué puede encontrar el lector en esta novela?

Los interesados por la Historia, y con más motivo aún los apasionados por la Historia de Roma en particular, creo que pueden encontrar una visión novedosa respecto a muchos de los acontecimientos de la época de la que hablamos. Alguna que otra anécdota curiosa. Perfiles distintos de muchos de los personajes protagonistas de dichos acontecimientos que, cuando menos, ponen en entredicho parte de lo que sobre todos ellos se nos ha contado. Revelaciones, supuestas, pero verosímiles, sobre la conspiración que culminó con el asesino de Julio César los idus de marzo del 44 a. C., sobre la relación entre Marco Antonio y Cleopatra, reina de Egipto, y sobre la vida del joven Octavio, futuro Augusto, y su madre, Atia Balba Cesonia. Pero, además, pueden encontrar información y entretenimiento.

No es la primera vez que se usa el recurso de unas memorias escritas por el protagonista y perdida por los avatares del tiempo –Robert Graves (en Yo, Claudio y Claudio el dios y su esposa Mesalina), Marguerite Yourcenar (en Memorias de Adriano) o Pierre Grimal (en Memorias de Agripina)–. ¿Qué ocurrió con las memorias de Lucio Cornelio Balbo el Menor? ¿Podemos rastrearlas en las fuentes que conservamos actualmente? ¿Qué se contaban en ellas?

En realidad, no se conserva copia de ningún texto escrito por los Balbo. Pero sí consta que tanto tío como sobrino escribieron. El caso de Balbo El Mayor es llamativo porque hay quien le coloca, junto a Aulo Hircio, otro personaje coetáneo suyo, miembro del circulo de amigos y allegados de César, como colaborador en la redacción de parte de las obras cuya autoría se atribuye al dictador, entre ellas las crónicas sobre la Guerra de África y sobre la Guerra de Alejandría. Por su parte, Balbo El Menor hizo sus pinitos en el género de la tragedia y también redactó un texto de carácter religioso dedicado al dios Himeneo, en su calidad de pontífice. En una época como aquella, por cierto, en la que, curiosamente, y como dijo alguna vez Cicerón, todo el mundo escribía libros. Claro que cuando Cicerón hablaba de todo el mundo se refería a una élite de la élite dentro de la sociedad romana.

Los dos Balbo se codearon con personajes de primer orden en sus vidas, Cayo Julio César y Augusto son algunos de ellos. ¿Cuáles fueron sus relaciones? ¿Qué otros personajes surgen en esta novela?

Los Balbo fueron amigos íntimos y confidentes de Gayo Julio César y también del heredero de este, el futuro Augusto. Es decir, participaron activamente en la actividad política de aquellos años en que la República romana transitaba hacia un régimen que podría considerarse monárquico sin serlo. Pero, como comentaba en la respuesta a una pregunta anterior, también mantuvieron una estrecha relación de amistad con el gran orador Marco Tulio Cicerón, uno de los grandes hombres que marcan la historia de la República romana durante el siglo I a. C.; con Gneo Pompeyo Magno, aliado primero y enemigo después de César; Marco Antonio el triunviro; Atia Balba Cesonia, la madre del joven Gayo Octavio Turino, luego conocido como César Augusto; Marco Licinio Craso, que junto a César y a Pompeyo constituyeron el que sería el primer triunvirato; Marco Vipsanio Agripa y Gayo Cilnio Mecenas, amigos y estrechos colaboradores del joven Octavio, futuro Princeps; Marco Emilio Lépido, miembro del segundo triunvirato; Quinto Hortensio Hórtalo, el orador; el poeta Ovidio… En definitiva, con casi todos los ciudadanos más ilustres y más destacados de la vida pública romana durante el período del que estamos hablando.

¿Y por qué una novela histórica?

Porque, a la hora de novelar, la Historia, a la que, por cierto, ya los antiguos otorgaban un gran valor, no solo por relacionar hechos acaecidos en el pasado, sino por ser para los hombres y para los pueblos una importante fuente de enseñanza, proporciona a quien escribe un sinfín de recursos y posibilidades. En la Historia encontramos todos los arquetipos de seres humanos y todos los arquetipos de tramas y tragedias.

¿Cómo le ha influido su formación en el Periodismo y en las Ciencias Políticas y la Sociología a la hora de acercarse a la Historia o de escribir una novela histórica?

Aparte de en el modo de narrar, mi formación como periodista creo que ha influido en la inclinación a condensar la mayor cantidad de información posible y en el gusto por los datos. Supongo que mi formación en Ciencias Políticas y Sociología también ha podido ser para mí de utilidad, pero no creo que haya sido determinante. Lo que ha sido y sigue siendo determinante a la hora de acercarme a la Historia y a la hora de escribir es la afición a la literatura. La lectura y los libros constituyen, como todo el mundo sabe, junto a lo vivido, el principal alimento del que nos nutrimos los que nos dedicamos al oficio de las letras.

¿Por qué crees que vende la novela histórica? ¿Qué cree que puede aportar este género literario a la educación de los lectores? ¿Es una buena forma de acercarse a la Historia?

En mis años de estudiante, la Historia era una de las asignaturas que en nuestro sistema educativo contaba con más simpatía entre los alumnos, incluidos los de las ramas de ciencias. Y probablemente lo siga siendo. Porque reconstruir, describir y explicar el pasado es una actividad que, por mucho método científico que se le aplique, guarda una estrecha relación con lo que en el principio de los tiempos supuso para la humanidad fabular desde el momento en que los seres humanos tuvieron un mínimo dominio sobre el lenguaje. Y la fabulación siempre fue deleite no solo para el fabulador sino también para su público. Sin duda alguna, la novela histórica es una buena forma de acercarse a la Historia, claro que sí. Al menos, contribuye a despertar en el lector un mayor interés.

No es la primera vez que usted se adentra en la Historia para sacar una idea para una novela, ya con El reino de las sirenas (Ediciones Atlantis, 2011; Amazon, 2014 y 2015) nos trasladas al siglo XIX. ¿Cómo fueron sus comienzos como escritor?

Cuando no era más que un crío hice mis primeros pinitos escribiendo y dibujando comics, a pesar de que el dibujo se me daba terriblemente mal. Luego, siendo ya un adolescente, empecé a escribir mis primeros poemas (por aquel entonces la mayoría de los jóvenes enamorados lo hacíamos), mis primeros artículos, algún relato breve y dos o tres borradores de novelas, entre ellos uno dedicado a una historia de romanos que podría considerarse el embrión de lo que hoy, casi 35 años después, es “El Secreto de los Balbo”. La afición a los libros y la vocación por la literatura me han acompañado prácticamente desde que tengo uso de razón, aunque nunca me entregué a la labor de escribir con la constancia y el tesón que esta noble actividad requiere, porque hasta no hace mucho siempre llevé una vida tan disoluta, rebelde, desordenada y anárquica como lo es, en cierto modo, mi espíritu..

¿Qué rutina de trabajo «de escritor» sigue?

En los últimos 6 o 7 años ha sido cuando, más o menos, me he ajustado a una cierta rutina a la hora de escribir, pero poco, muy poco rigurosa. Normalmente, son los días de los fines de semana los que resultan para mí más productivos. Me hago acompañar de algo de música clásica y me encierro en mi pequeño estudio, que más bien parece una cueva, para sumergirme en el proyecto con el que ande atareado e ir añadiéndole líneas. Los días entre semana se me hace más complicado porque los problemas, los compromisos y los quehaceres cotidianos me distraen en exceso. Picasso dijo eso de que “la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. Y es absolutamente verdad. Aunque yo lamento no haberle hecho demasiado caso.

¿Cuánto tiempo dedicó para documentarse? ¿Qué libros o autores ha utilizado sobre todo para documentarse? ¿Qué fuentes directas has usado?

Para “El Secreto de los Balbo” estuve documentándome a lo largo de varios meses antes de comenzar la redacción y también después de iniciada esta. Con la consulta de una muy extensa bibliografía que va reseñada en el apéndice final del libro y que incluye tanto textos que datan del período en el que se ubica la acción de la novela como textos de autores contemporáneos dedicados al estudio de la época. Los Comentarios sobre las Guerras de las Galias y sobre la Guerra Civil del propio Gayo Julio César. Los discursos de Cicerón y parte de la correspondencia que este mantuvo con familiares y amigos. Las obras algo más tardías de historiadores como Salustio, Plutarco, Floro, Veleyo Patérculo, Apiano y Dion Casio. Por su parte, entre los autores contemporáneos que me han sido de gran utilidad destacan el catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Córdoba Juan Francisco Rodríguez Neila, con su excelente estudio sobre los Balbo; Anthony Everitt, con su análisis sobre la figura de Augusto; Tom Holland, con su entretenido y atinado resumen sobre el auge y la caída de la República; Hans Oppermann, con su biografía de César; Michael Parenti, con su muy particular visión de los hechos que desembocaron en el magnicidio de los idus de marzo del 44 a. C.,  y Ronald Syme, con su libro “La Revolución Romana”. Aunque la bibliografía que he utilizado es mucho más amplia.

¿Sabría decir entonces si hay más contenido histórico o novelesco en sus libros?

En “El Secreto de los Balbo” yo diría que hay mucho más contenido histórico que novelesco. Es verdad que incluye muchas escenas y situaciones que son imaginadas, pero también es verdad que todas esas escenas y situaciones imaginadas son verosímiles. Incluso aquellas que narran o describen sucesos de un modo o en un sentido que podría contradecir parte de lo que sabemos sobre la época a través de las distintas versiones ofrecidas por las fuentes clásicas. En “El Reino de las Sirenas”, sin embargo, sí que se encuentra mucho más contenido novelesco. Entre otras razones, porque no es una novela histórica propiamente dicha.

¿Cuánto tiempo te ha costado escribir esta novela?

Algo más de tres años. Quizá cuatro. Aunque es difícil cuantificar el tiempo que se destina a una tarea de este tipo. Porque incluso cuando uno está aparentemente inactivo o apartado de la redacción por un período determinado de tiempo se encuentra en realidad sumido en su concepción, en su estructuración, en su continuación…  Quiero decir que, cuando uno aborda el proyecto de escribir una novela, desde el primer momento que se pone manos a la obra se ve absorbido por esa complicada labor creativa y ya no se desconecta del todo de dicha labor hasta que no termina. Y, desde luego, no se termina cuando se llega al final, como cabría suponer, sino cuando se revisa y corrige. En definitiva, cuando se publica.

¿Crees que la novela histórica española podría llegar a alcanzar alguna vez el status de best-seller o es un mercado saturado?

La novela histórica está de moda desde hace unos años y la española también se ha visto beneficiada de ese tirón. ¿El mercado saturado? Puede que sí, puede que lo esté. Entre otras razones, porque cada vez se editan más libros (hoy día es más fácil publicar que antaño, aunque mucho más difícil tener éxito) y, paradójicamente, cada vez se lee menos.

¿Qué autores nos recomiendas internacionales y nacionales?

En lo que se refiere a autores internacionales, aparte de Robert Graves y Marguerite Yourcenar, yo recomiendo a Gerald Messadié, Christian Jacq, Mika Valtari, Konrad Hansen, Alain Darne, Bernard Simiot y Mary Renault, entre otros. En lo que se refiere a autores nacionales: a Julia Navarro, Matilde Asensi, Eslava Galán, Javier Sierra, Pérez Reverte, Jesús Maeso, Nacho Ares, José Calvo Poyato, Santiago Postiguillo y, muy especialmente, a Gabriel Castelló, gran conocer de la historia de Roma y todo lo relacionado con la Hispania Romana. También a mi conocido y casi paisano Cristóbal Tejón, que recientemente ha dedicado un magnífico libro a la figura de Bernardo de Gálvez, político y militar español, bastante desconocido del gran público, que desempeñó un papel relevante en la independencia de los Estados Unidos de América.

¿Por qué crees que en España no hacemos justicia con nuestra Historia y sus protagonistas como sí ocurre en países vecinos?

Bueno, yo creo que, en parte, esa afirmación tiene algo de tópico. Probablemente es verdad que no hemos puesto en valor la Historia de este país como se merece. Pero se ha hecho y se viene desarrollando un trabajo en ese sentido. Cada vez son más los autores que desentierran del olvido personajes y episodios relevantes de nuestro pasado más reciente y más lejano. Entre otras razones, gracias precisamente al “boom” de la novela histórica como género. Puede que haya pesado entre nuestra intelectualidad cierta aversión a resaltar lo patriótico, a presumir, digamos, de patriotismo, después de unas décadas durante las que se manipuló en exceso ese tipo de sentimiento. Y puede que esto haya influido para que nuestra literatura haya sido poco proclive a centrarse en temas de carácter histórico, que, además, siempre suelen ir acompañados de cierto debate político e ideológico, con lo que ello implica.

¿Tienes pensado adentrarte de nuevo en la novela histórica en su próximo trabajo? ¿Qué personaje o suceso le gustaría novelar?

En mi próximo trabajo no. De hecho, mi próxima novela, que ya he empezado a redactar, va a ser completamente diferente a lo que he escrito hasta la fecha. Con ella me adentro en el género policiaco y me recreo en la intriga. Más adelante no descarto retomar la novela histórica. Es un terreno en el que siento cómodo. Pero no tengo ahora mismo en mente ningún personaje ni suceso. Me rondan ideas. Como ya comenté en la respuesta a una de las preguntas anteriores, me apetece mucho novelar sobre los pueblos escandinavos y su mitología, sobre los primeros cristianos y sobre los tartesios. También quiero complementar con un nuevo relato “El Reino de las Sirenas”. Porque, además, me comprometí a ello. Y es muy probable que a Roma, con o sin los Balbo, le dedique un nuevo libro, si el tiempo, la salud y las ganas no me lo impiden.

Para concluir, actualmente nos encontramos en una época de recortes. ¿Por qué es imprescindible la inversión en la investigación histórica? ¿Cómo le explicaría a la sociedad la importancia de nuestro trabajo?

Resulta difícil responder a esta pregunta y no decir lo que otros muchos han dicho o dirían. No sé hasta qué punto es verdad eso de que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla. En cualquier caso, bien está que la conozca. Lo que sí sé que es verdad es que los pueblos que más invierten en la investigación y el conocimiento del pasado son los pueblos más civilizados, más cultos, más prósperos y más desarrollados del planeta. La historia, con la ayuda de otras ramas del saber, nos permite estudiar y analizar la evolución de las sociedades humanas a lo largo de las diferentes épocas y nos aporta luz y perspectiva sobre los problemas a los que nuestro mundo de hoy se enfrenta. Por eso no es de extrañar que ya en la remota antigüedad las epopeyas y las narraciones de carácter histórico fueran las manifestaciones literarias más valoradas. La memoria nos orienta, nos guía. Sin memoria, la civilización y la cultura no existirían.

Origen: J.A. Ortega y el secreto de los Balbo – temporamagazine.com


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