Gaius Iulius Caesar

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Gaius Iulius Caesar

Un día trece como el de ayer se cree que nació en la antigua y legendaria Ciudad de las Siete Colinas, hace más de dos milenios, allá por el año 100 a. C., en el mes de Quintilis, que en su recuerdo hoy lleva su nombre, el general y estadista romano Gayo Julio César. Probablemente una de las figuras históricas sobre las que más se ha escrito.

Emparentado con el gran Gayo Mario, y miembro de una veterana familia patricia de la gens Iulia, César se alineó con el llamado partido de los populares (defensores de las clases menos favorecidas de la sociedad romana) en su lucha contra la facción de los optimates (defensores de los privilegios de la nobleza y las clases más pudientes). Aunque ello no quiere decir que fuera un adalid de los pobres. Tampoco un justiciero. Y mucho menos un revolucionario a la usanza de lo que se entiende por revolución desde los comienzos de la Edad Contemporánea hasta la fecha.

Alcanzó gran celebridad por su osadía como estratega militar, su clemencia con el enemigo –en la medida en la que un militar romano podía ser tenido por clemente– y su capacidad como político. Sometió a los pueblos galos y llegó a Britania. Fue cónsul de la República y dictador vitalicio tras derrotar a Gneo Pompeyo Magno. Murió asesinado los idus de marzo del año 44 a. C. como consecuencia de la conspiración encabezada por Marco Junio Bruto, Gayo Casio Longino y un nutrido grupo de senadores rivales, pertenecientes al bando pompeyano, cuyas vidas, honores y haciendas respetó, cuatro años antes, tras la Batalla de Farsalia y tras el final de la Guerra Civil.

Estamos en el siglo I a. C. Roma es prácticamente dueña del mundo. Al menos del mundo conocido en torno al Mediterráneo. Gracias a sus legiones, los dominios de la República Romana se extienden más allá de las Galias, las dos Hispanias, el norte de África, Iliria, Macedonia, Grecia, Asia Menor, Siria y otros territorios limítrofes. Un inmenso espacio en el que conviven una gran diversidad de pueblos con culturas muy diferentes, unidos bajo la égida de la que, sin lugar a dudas, estaría llamada a ser una de las civilizaciones más influyentes de la Historia de la Humanidad.

Sin embargo, en el siglo I a. C., Roma vive también uno de los períodos más convulsos de su ya larga existencia. Las tensiones políticas y sociales entre patricios y plebeyos no se han resuelto, persisten, y la República, que atraviesa una de sus peores crisis, ya no se muestra como la forma de gobierno más útil para controlar, mantener y, sobre todo, administrar un gran imperio.

En este contexto es en el que irrumpe en escena este personaje relevante del que, en la efeméride de su nacimiento, acabo de acordarme. (Uno de los protagonistas principales, por cierto, del libro titulado “El Secreto de los Balbo” que un servidor, de la mano de Editorial GoodBooks, publicó en 2016). O más que relevante, fundamental, si lo prefieren. Dado que fue en torno a su obra y a su memoria cómo las instituciones republicanas desaparecieron para dejar paso al régimen dinástico imperial de sus herederos y al legado que dicho régimen habría de suponer para Europa y Occidente.

Viva Campo de Gibraltar, 14 de julio de 2017


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Presentación de "El Secreto de los Balbo" en Cáceres

Presentado en Cáceres “El Secreto de los Balbo”

El acto, que se celebró en el ateneo de la ciudad extremeña, el pasado 4 de mayo, contó con la participación de Cecilia Martín Pulido, licenciada en Historia, integrante de la junta directiva de la citada entidad cultural y responsable del área de publicaciones.

La novela del escritor barreño José A. Ortega, publicada por Editorial GoodBooks, y a la venta desde el pasado año, se centra en la figura de un personaje de origen gaditano que gozó de notable protagonismo en la Roma del siglo I a. C. Lucio Cornelio Balbo El Menor, quien, además de sobrino de Balbo El Mayor, amigo y confidente de César, fue patrono de la antigua colonia romana de Norba Caesarina, sobre la que se asientan los orígenes de la actual Cáceres.

El argumento gira en torno a un supuesto crimen nunca resuelto, ocurrido 15 años antes de la muerte del célebre dictador, y los enredos políticos que se suceden desde que este ínclito ciudadano romano accede a su primer consulado (59 a. C.) hasta que alcanza el poder absoluto.

El texto, no obstante, ofrece a lo largo de todas sus páginas una versión novedosa respecto al desarrollo de muchos de los hechos de la época sobre los que se tienen noticias y plantea alguna que otra hipótesis que sorprende. En particular, sobre la conspiración y el magnicidio de los idus de marzo del 44 a. C., sobre el idilio amoroso entre Cleopatra, reina de Egipto, y Marco Antonio, y sobre la relación de este último con Gayo Octavio, que luego habría de convertirse en César Augusto. Además, está repleta de detalladas referencias tanto históricas como literarias, fruto de una amplia e intensa labor de documentación y consulta de numerosas fuentes.

Ortega ya presentó “El Secreto de Los Balbo” en Los Barrios, su localidad natal, en Algeciras y en Cádiz, con motivo de la Feria del Libro de 2016, acompañado por el catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Córdoba Juan Francisco Rodríguez Neila, autor de varias obras ensayísticas sobre la Hispania Romana, y en El Puerto de Santa María el pasado 30 de marzo.


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Vista lejana de uno de los antiguos foros de Roma

La Antigua Roma

Con los idus de este mes de marzo, que ya dejamos atrás, se han cumplido –chispa más o menos– dos mil sesenta y un años del asesinato de César. Probablemente uno de los personajes históricos sobre los que más se ha escrito y que hoy, 16 de marzo (“Ante diem quintum decimum Kalendas Apriles”, que diría un romano), día en el que rescato el texto que sigue para este artículo, inevitablemente me tenía que venir a la memoria.

La Antigua Roma está más presente entre nosotros de lo que a veces nos pensamos. La huella de la civilización romana no solo perdura, sino que continuará perdurando por mucho tiempo. La lengua en la que nos comunicamos, el Derecho por el que se rige nuestro ordenamiento jurídico, muchas de nuestras costumbres y tradiciones constituyen parte de su gran legado a la posteridad. Además de todas las construcciones arquitectónicas (vías, basílicas, villas, templos, puentes, acueductos, teatros, anfiteatros, circos, etc) cuyos restos se conservan en infinidad de rincones de este Viejo Continente, especialmente la Europa Mediterránea, así como el Norte de África, Asia Menor y Oriente Medio, recordándonos no solo su poderío, sino también su pragmatismo.

Una mirada detenida a la Antigua Roma nos permite descubrir un sinfín de semejanzas con prácticas y conceptos que manejamos en las sociedades occidentales de hoy día. En el siglo I a. C. la República romana, con quinientos años de existencia, funcionaba como una pseudodemocracia. Y digo pseudodemocracia porque la idea que los romanos por aquel entonces tenían de la democracia no es la misma que nosotros tenemos. Con una estructura institucional firme y consolidada y un plantel de magistraturas civiles, o cargos públicos, que se ocupaban mediante un complejo sistema de elecciones en el que solo tenían derecho al voto los varones, patricios o plebeyos, que estuvieran censados como ciudadanos.

Llama la atención, por ejemplo, cuánto en materia política, para lo bueno y para lo malo, debemos a esa República de la que los romanos durante cinco siglos se mostraron tan celosos y orgullosos. Sobre todo en lo que a corrupción se refiere. (Ahora que, por desgracia, tanto tenemos que hablar de este tema). El clientelismo, una de las lacras de nuestra democracia actual, no solo era habitual, sino que se erigía en toda una institución dentro de un sistema en el que también competían partidos. En este caso, el de los optimates, que representaba los intereses de los más pudientes, y el de los populares, que defendía los intereses de la plebe, constituida por los menos favorecidos por la Fortuna. La eterna lucha de clases, que diría Marx.

La Antigüedad Romana, o, para ser más exacto, la Antigüedad Clásica, forma parte de nuestras remotas señas de identidad como europeos. En la actualidad hablamos de globalización y nos pensamos que estamos ante un fenómeno nuevo, producto del siglo en el que vivimos, pero la realidad es que no es nuevo del todo, tiene sus antecedentes. Tras el sueño frustrado de Alejandro Magno por unir bajo dominio macedonio la mayoría de los pueblos entonces conocidos, encontramos en la expansión de Roma y su gran Imperio un fenómeno que, en alguna medida, puede comparársele. Pues la República, primero, y los césares, más tarde, crearon un espacio inmenso –las Galias, las dos Hispanias, el norte de África, Iliria, Macedonia, Grecia, Asia Menor, Siria y otros territorios limítrofes, con el Mediterráneo como centro– en el que convivieron una gran diversidad de naciones que compartieron las leyes que las instituciones romanas imponían, las monedas que los romanos acuñaban, el derecho de ciudadanía que las autoridades romanas otorgaban y extendían y el latín y el griego como idiomas oficiales.

El emperador Marco Aurelio, en el siglo II d. C., encarnó mejor que ningún otro esa aspiración por hacer de Roma la patria única de todos los habitantes de la ecúmene o, lo que es lo mismo, la patria única de todos los seres humanos del orbe. Y, sorprendentemente, en pos de esa misma aspiración, aunque no bajo la égida de Roma, sino la de una democracia y una paz auténticas, casi dos mil años después todavía seguimos enfrascados.

Como ya saben, de cuando en cuando está muy bien eso de echarle un vistazo a la Historia.

Viva Campo de Gibraltar, 17 de marzo de 2017


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Presentación de EL SECRETO DE LOS BALBO en Cádiz

La obra “El Secreto de los Balbo”, de J. A. Ortega, presentada en Cádiz

El nuevo y último libro del periodista y escritor barreño fue dado a conocer el pasado miércoles, 11 de mayo, en la XXXI Edición de la Feria del Libro de la capital gaditana. El acto tuvo lugar en el Baluarte de la Candelaria y contó con la participación del catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Córdoba Juan Francisco Rodríguez Neila, autor de varias obras ensayísticas y ponencias sobre la Hispania Romana y la Antigua Gades. La cita estuvo complementada con la proyección de un vídeo que sirve de introducción al relato de Ortega y la lectura de un pasaje del texto a cargo de la Asociación de Personas Lectoras de Cádiz.

 

Firma de EL SECRETO DE LOS BALBO en Cádiz

La nueva novela de José A. Ortega, a la venta desde el pasado 23 de febrero, se centra en la figura de un personaje de origen gaditano que gozó de notable protagonismo en la Roma del siglo I a. C. Lucio Cornelio Balbo El Menor, sobrino de Lucio Cornelio Balbo El Mayor, amigo y confidente de César.

El argumento gira en torno a un supuesto crimen nunca resuelto, ocurrido 15 años antes de la muerte del célebre dictador, y los enredos políticos que se suceden desde que este ínclito ciudadano romano accede a su primer consulado (59 a. C.) hasta que alcanza el poder absoluto.

El texto, no obstante, ofrece a lo largo de todas sus páginas una versión novedosa respecto al desarrollo de muchos de los hechos de la época sobre los que se tienen noticias y plantea alguna que otra hipótesis que sorprende. En particular, sobre la conspiración y el magnicidio de los idus de marzo del 44 a. C., sobre el idilio amoroso entre Cleopatra, reina de Egipto, y Marco Antonio, y sobre la relación de este último con Gayo Octavio, que luego habría de convertirse en César Augusto. Además, está repleta de detalladas referencias tanto históricas como literarias, fruto de una amplia e intensa labor de documentación y consulta de numerosas fuentes.

Rodríguez Neila

Juan Francisco Rodríguez Neila (Cádiz, 1948) cursó estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Sevilla, graduándose con los Premios Extraordinarios de Licenciatura y Doctorado de Filosofía y Letras y Ayuntamiento de Sevilla. En el Departamento de Arqueología de la Universidad Hispalense elaboró, bajo la dirección del profesor Blanco Freijeiro, su estudio sobre los Cornelio Balbo de Gades. Posteriormente, en el Departamento de Historia Antigua de la misma Universidad, bajo el magisterio del profesor Presedo Vela, y como becario de Formación del Personal Investigador, elaboró su tesis doctoral sobre “La administración municipal en la Hispania Romana”, presentada en 1976 y calificada con sobresaliente “cum laude”, obteniendo en 1980 el “Trofeo Tesis Doctoral”.

Ortega, Puerto y Rodríguez Neila

Rodríguez Neila ha repartido su actividad docente entre la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla, el Colegio Universitario de Letras de Cádiz y, especialmente, la Universidad de Córdoba, cuyo Departamento de Historia Antigua dirige. Actualmente ejerce como catedrático en este departamento y es director del Instituto de Historia de Andalucía. También es miembro de la Cátedra Municipal de Cultura “Adolfo de Castro” del Ayuntamiento de Cádiz y académico de la Real Academia de Córdoba. Entre sus publicaciones figuran libros como “Confidentes de César: los Balbo de Cádiz”, “El municipio romano de Gades”, “Sociedad y administración local en la Bética romana” e “Historia de Córdoba. Del amanecer prehistórico al ocaso visigodo”, así como numerosos artículos en revistas especializadas.

El proyecto de Fernando Quiñones

El catedrático de la Universidad de Córdoba ofreció unos muy interesantes apuntes sobre la figura de los Balbo de Cádiz, sobre sus orígenes y sobre su relevancia en tiempos de César. Efectuó un análisis sobre los valores de la novela histórica y las aportaciones del género a la divulgación y el conocimiento de la Historia. Desglosó el contenido de la obra de José A. Ortega y destacó las cualidades de la misma en lo que se refiere a la verosimilitud de los hechos que narra, la recreación de la época, la construcción de los personajes y la detalla información que proporciona, más allá de los elementos novelescos. Además, hizo mención a la memoria del escritor Fernando Quiñones, quien, en efecto, como ya señalara el periodista algecireño Juan José Téllez, tuvo intención de redactar una novela sobre los Balbo y contactó con él personalmente para que le documentara al respecto, aunque no concluyó el proyecto.

El Secreto de los Balbo se presenta en Cádiz

J. A. Ortega mostró su gratitud a la Editorial GoodBooks por la publicación de “El Secreto de los Balbo” y a las personas que le prestaron su colaboración durante la elaboración de este nuevo libro. También añadió algunas reflexiones sobre lo que perdura del legado de Roma y la Antigüedad Clásica en nuestros días, así como sobre la importancia de la investigación histórica para explicar el presente, afrontar con mejores perspectivas los problemas del mundo de hoy y contribuir a la prosperidad y el desarrollo de los pueblos.

El periodista y escritor barreño ya presentó “El Secreto de Los Balbo” en Los Barrios, con notable éxito de público, el pasado 10 de marzo, llenando la amplia sala del Edificio Pósito, y en el Centro Documental José Luis Cano de Algeciras, el pasado 26 de abril.


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El Secreto de los Balbo, en palabras del escritor y periodista Juan José Téllez

José Antonio Ortega, probablemente, no sepa que ha escrito la novela perdida de Fernando Quiñones. El escritor gaditano soñó, en su día, con escribir una larga narración sobre los Balbo –tío y sobrino–, quienes consiguieron la ciudadanía romana para todos los gaditanos y apoyaron a César en la guerra civil.

En “El secreto de los Balbo”, Ortega enmascara su pluma –sólida y amena– bajo el juego de que se trata de una especie de memoria, que resultaría de “una adaptación del texto latino publicado bajo el título De secreto Balborum –Sobre el secreto de los Balbo– e incluido en una edición de 1826, impresa en Berna, de la que se conserva un ejemplar en la Biblioteca apostólica Vaticana y otro en la Biblioteca de la Abadía de Saint Gall”.

La acción gira en torno a dos personajes singulares, conocidos bajo el mismo nombre, Lucio Cornelio Balbo, llamado Balbo el Mayor (Gades, 97  ó 100 a. C. – fecha de la muerte desconocida) y su sobrino, apodado Balbo El Menor. El primero de ellos fue un político y gobernante hispano que ocupó los más altos puestos en la República de Roma, siendo el primer extranjero en conseguir el honor de cónsul en el año 40 a. C. Pertenecía a una poderosa familia de origen púnico enriquecida por el comercio, pero él cosechó fama de usurero y de intrigante: en el teatro romano de Cádiz, por ejemplo, se descubrió hace unos años la primera pintada de la historia en la que se le llama “Balbo Latro”, “Balbo ladrón”, cincelada sobre el sitial que presumiblemente ocupaba en dicho recinto.

Portada del libro "El Secreto de los Balbo"El poder de Balbo el Mayor fue considerable, tras convertirse en consejero de Cayo Julio César, nombrado cuestor en la Bética, en el año 69 a. C. Este encuentro resultaría crucial para su futuro, ya que se convierte en confidente y amigo del futuro dictador. El fue quien le llevó al templo gaditano de Melkart, el origen del mito de Hércules, a rezar ante el viejo dios fenicio. Suetonio nos cuenta que, allí, “al contemplar una estatua de Alejandro Magno se echó a llorar, como avergonzado de su inactividad pues no había hecho todavía nada digno de memoria en una edad en la que ya Alejandro había conquistado el orbe de la tierra”.

En el año 60 antes de Cristo, Balbo ya aparece en Roma como hombre de confianza de Julio César y las crónicas le dibujan como uno de los artífices del acuerdo que facilitó el triunvirato entre César, Pompeyo y Craso. En el 59 marcha junto a César a su campaña de las Galias siendo su enlace con Roma, adonde viajaba continuamente para mantener informado a César de los acontecimientos políticos en la capital. A Balbo se le atribuye la creación de uno de los primeros servicios secretos de la historia, consolidando su poder en el Imperio. Desde dicha posición, llega a financiar algunas campañas bélicas, siempre al servicio de Julio César, con quien urde el pacto de Lucca con Pompeyo en el año 56 a.C. No pudo impedir, sin embargo, la guerra civil que, en gran medida, también tuvo un claro reflejo en Hispania. Gades apoyó al bando de César mientras que los pompeyanos intentaron encontrar refugio en la campogibraltareña Carteia. Desde allí, tras la batalla de Munda en el año 45, Cneo Pompeyo intentó escapar haciéndose a la mar, perseguido por la flota de Gades al mando de Didio. Después de una tenaz resistencia, sus partidarios y él mismo fueron exterminados, y su cabeza llevada a Gades ante César el 12 de abril y expuesta a la vista de todos sus habitantes.

El asesinato de César, sobre el que gira en gran medida la novela de José Antonio Ortega, se produce un año después, en el 44 antes de Cristo, pero la historia de Balbo prosiguió luego: de hecho, organizó un partido cesariano en apoyo de Octavio frente a Marco Antonio, otros de los protagonistas de este libro. Cuando ambos llegan a un acuerdo en el año 40 a. C., Balbo fue honrado con el consulado, siendo el primer no itálico en conseguirlo. Poco después se retira de la política activa para seguir apoyando a su sobrino.

Quiñones no pudo escribir su novela sobre los Balbo pero, en su libro “Las crónicas de Hispania”,  de 1985, nos dejó escrito un poema que podría prefigurar su opinión sobre dicho personaje y sobre su tiempo, con alusiones al teatro romano que la familia Balbo construyó o al garum que procedía de Baelo Claudia, aunque no mencione a las “puellae gaditanae”, las bailarinas de Gades, que hicieron sonar sus crótalos en la Roma imperial:

BALBO

Cádiz, quinta década antes de Cristo
Naves no han de llegar con este viento
y todo está ya a punto, dispuestas
las vestimentas y las máscaras,
limpios el escenario, el graderío…

Hablaba el amo de que muchos
vendrían también por la Calzada Grande
de la mar, pero apenas si he visto forasteros.

Van el vino y el gárum a sobrar en las ánforas,
y estos tiempos contrarios harán ruina
la representación.

El señor quiso
que los esclavos viéramos ayer el ensayo final
de su drama en honor del César
apuñalado en Roma. “Mi tragedia –decía,
y esta mañana volví a oírselo−
ha de traer aquí gente de toda
la Bética, herirá los corazones,
secará los pozos…”

Pero el viento borraba las palabras
de los actores, arremolinaba
contra sus caras los ropajes,
la arena enceguecía al coro.

Y ahora no hay nadie. Sólo sus dolidas
fidelidad, soberbia,
se obstinan en mover los hilos muertos de la trama.

Ese es el contexto sobre el que José Antonio Ortega ha construido una novela hábil, eficaz en su planteamiento, rigurosa en su contexto y amena bajo las condiciones habituales de la novela histórica. Bajo una espléndida edición de GoodBooks, el hilo argumental se centra en un crimen que no llegó a ser resuelto y que habría tenido lugar quince años antes del asesinato de Julio César, a partir de que el futuro emperador alcance su primer consulado en el año 59 antes de Cristo.

La secuencia histórica de esta narración transcurre durante la transición de la República al Imperio, pero brinda algunas claves que dibujan una versión original del célebre magnicidio de los idus de marzo. Aunque existen personajes de ficción –como la ardiente Clio–, la novela de Ortega está habitada por personalidades que existieron y que han dejado un rastro muy diverso en la historia, desde Cleopatra y Marco Antonio o la controvertida relación de este con Gayo Octavio, que luego habría de convertirse en César Augusto. Ortega sabe dibujar también, con tanto rigor como soltura, a personajes secundarios de esa misma atmósfera, como es el caso de Atia Balba, fémina reverendísima, un ejemplo clásico de matrona romana: que nadie lo dude, sea dios o no lo sea, concluía su leyenda.

Ortega nos plantea una novela llena de información sobre la antigüedad romana y partiría de un supuesto manuscrito firmado por Lucio Cornelio Balbo El Menor entre los 9 y 10 de nuestra era, poco antes de su muerte en la colonia romana de Norba Caesarina. Tras la muerte de César, Balbo el mayor se posicionará a favor de Octavio y asistirá a su guerra con Marco Antonio.

El autor de esta novela, José Antonio Ortega, nació en Los Barrios,  el 4 de enero de 1965. Periodista y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología, hasta la fecha ha publicado cuentos y poemas en antologías compartidas y revistas literarias, tanto en España como en el exterior, y tres libros: “El Reino de las Sirenas” (Ediciones Atlantis, 2011), una sorpresa literaria en toda regla; “El clan de los ilusos” (Publicaciones del Sur, 1999) y “Viaje de regreso” (1996). Sin embargo, desde niño le gustaron las películas de romanos y los libros que transcurrían en dicha etapa histórica. Así que cuando empezaba a soñar con la literatura, con tan sólo catorce años, decidió escribir una historia que transcurría en un circo de Roma y que, lógicamente, decidió que nunca viera la luz. Ahora, durante los últimos tres años, se ha reconciliado con ese mismo ámbito, con mucha más experiencia literaria y una clara concepción del artefacto que supone la construcción de una novela.

El periodismo, que ha cultivado en Europa Sur, El Faro de Algeciras Información, Viva Campo de Gibraltar, o en el periódico digital Noticias de la Villa, le ha brindado la experiencia necesaria en materia de documentación para trazar un formidable retrato coral de la Roma imperial, con un lenguaje sabiamente inspirado en las traducciones clásicas latinas. Se trata de un simple ropaje porque, más allá de las convenciones de la historiografía, el relato que urde deja escapar siempre al narrador de raza que encierra y que ahora corona con la precisión de un orfebre y con la intrepidez de un aventurero, algo más que la ficción de un enigma. Quizá en el secreto de los Balbo podamos descubrir otros secretos de la historia y de nuestro propio mundo. Lo que ya ha dejado de ser un secreto es la calidad literaria de quien lo escribe.

 

Juan José Téllez


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PRESENTACIÓN DEL LIBRO EL SECRETO DE LOS BALBO EN ALGECIRAS

La novela perdida de Fernando Quiñones

José A. Ortega presentó el pasado martes, 26 de abril, El Secreto de los Balbo en la XXXI Feria del Libro de Algeciras.

El acto tuvo lugar en el Centro Documental José Luis Cano y contó con la presencia de la delegada de Cultura del Ayuntamiento de Algeciras, Pilar Pintor, y el vicepresidente de la Fundación Provincial de Cultura, Salvador Puerto. También participó Miguel Vega, técnico de la Delegación de Cultura de Algeciras, que dio lectura a un texto del periodista y escritor Juan José Téllez dedicado a Ortega y a su nueva y última obra. El director de programación y contenidos del Centro Andaluz de las Letras tenía prevista su asistencia a esta presentación pero a última hora no pudo acudir por motivos de agenda.

La nueva obra del escritor barreño, publicada por Editorial GoodBooks, y a la venta desde el pasado 23 de febrero, se centra en las vidas de Lucio Cornelio Balbo El Mayor y Lucio Cornelio Balbo El Menor, personajes originarios de Cádiz que gozaron de notable protagonismo en la Roma del siglo I a. C.

“La novela perdida de Fernando Quiñones”. Con esta expresión se refirió el exdirector del diario Europa Sur al libro del autor barreño. “José Antonio Ortega, probablemente, no sepa que ha escrito la novela perdida de Fernando Quiñones. El escritor gaditano soñó, en su día, con escribir una larga narración sobre los Balbo –tío y sobrino–, quienes consiguieron la ciudadanía romana para todos los gaditanos y apoyaron a César en la guerra civil”, fueron las primeras palabras del conocido periodista y escritor algecireño, en boca de Miguel Vega.

“El periodismo, que ha cultivado en Europa Sur, El Faro de Algeciras Información, Viva Campo de Gibraltar, o en el periódico digital Noticias de la Villa, le ha brindado (a José A. Ortega) la experiencia necesaria en materia de documentación para trazar un formidable retrato coral de la Roma imperial, con un lenguaje sabiamente inspirado en las traducciones clásicas latinas. Se trata de un simple ropaje porque, más allá de las convenciones de la historiografía, el relato que urde deja escapar siempre al narrador de raza que encierra y que ahora corona con la precisión de un orfebre y con la intrepidez de un aventurero, algo más que la ficción de un enigma. Quizá en ‘El secreto de los Balbo’ podamos descubrir otros secretos de la historia y de nuestro propio mundo. Lo que ya ha dejado de ser un secreto es la calidad literaria de quien lo escribe”, afirma Téllez.

J. A. Ortega agradeció a la Editorial GoodBooks su apuesta por la publicación de “El Secreto de los Balbo” y también mostró su gratitud a las personas que colaboraron con él en algunas fases de la elaboración de este nuevo libro. Además, apuntó algunas reflexiones sobre lo que perdura del legado de Roma y la Antigüedad Clásica en nuestros días, así como sobre la importancia de la investigación histórica para explicar el presente, afrontar con mejores perspectivas los problemas del mundo de hoy y contribuir a la prosperidad y el desarrollo de los pueblos.

El argumento de “El Secreto de los Balbo” gira en torno a un supuesto crimen nunca resuelto, ocurrido 15 años antes de la muerte de César y los enredos políticos que se suceden desde que el célebre dictador romano accede a su primer consulado (59 a. C.) hasta que alcanza el poder absoluto.

La novela, no obstante, ofrece a lo largo de todas sus páginas una versión novedosa respecto al desarrollo de muchos de los hechos de la época sobre los que se tienen noticias y plantea alguna que otra hipótesis que sorprende. En particular, sobre la conspiración y el magnicidio de los idus de marzo del 44 a. C., sobre el idilio amoroso entre Cleopatra, reina de Egipto, y Marco Antonio, y sobre la relación de este último con Gayo Octavio, que luego habría de convertirse en César Augusto. Además, está repleta de detalladas referencias tanto históricas como literarias, fruto de una amplia e intensa labor de documentación y consulta de numerosas fuentes.

Ortega ya presentó “El Secreto de los Balbo” en Los Barrios, con notable éxito de público, el pasado 10 de marzo, llenando la amplia sala del Edificio Pósito, y tiene previsto presentarla en Cádiz el próximo día 11 de mayo, así como en El Puerto de Santa María, en una fecha aún por concretar.


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El fin de los piratas en la República romana

Los intentos de la Roma republicana de erradicar a los piratas fracasó sistemáticamente. Varias décadas duró la persecución y el intento de exterminar al terror de los mares y al más grande de los problemas del comercio. No sólo valiosos botines acababan en manos de los piratas, sino que también numerosas personalidades del mundo romano, entre las cuales el mismísimo César, conocieron la cautividad pirata, de la cual solamente consiguieron escapar a cambio de un rescate orbital.

Cuando estos ladrones de mar atracaron incluso el puerto de Ostia y empezaron a atemorizar los paseantes de Via Appia se decidió que el problema debía ser resuelto.

Fue en el año 67 a.C. que el inluyente político y militar Gabinio propuso un proyecto de ley que prometía acabar de una vez por todas con los piratas. El encargado de llevar la misión a cabo fue el cónsul Pompeyo, lo que causó revuelo en el senado y levantó voces escandalizadas. La ley le dio poder sobre toda la extensión del mar, manteniéndose alejado de las costas a 50 millas mar adentro.

Contando con el apoyo de influentes oradores como Cicerón y César se estableció que 24 legados, 500 naves, 20 legiones (120 000 soldados) y 5000 jinetes serían puestos a la disposición de Pompeyo, el dueño del imperio de Neptuno, para combatir a los temibles piratas. Disponía, además, de dinero ilimitado proveniente del tesoro público. Lex Gabinia fue bien recibida por la plebe, pero el senado estuvo aterrado por el gran y peligroso poder que se le entregaba a Pompeyo y que, a partir de aquel momento, representaba una amenaza para la estabilidad de la república.

Usándose de la calma y la minuciosidad que le eran características, elaboró el plan estratégico más brillante de toda su carrera militar. Dividió el Mar Mediterráneo en trece sectores, colocando en cada uno a un legado al mando, al que le entregaba un número de naves y hombres. Sincronizadamente empezarona a atacar naves piratas, a los cuales capturaba en grupo. Los que conseguían huir lo hacía desorganizadamente, juntándose nuevamente en su punto de reunión, Cilicia.

Origen: El fin de los piratas en la República romana (Web http://www.queaprendemoshoy.com)


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Portada y contra del libro El Secreto de los Balbo

El Secreto de los Balbo, de J. A. Ortega, en SER HISTORIA

El programa radiofónico SER HISTORIA, que dirige y presenta Nacho Ares, dedicó esta semana su edición a los Balbo de Cádiz, protagonistas de la nueva novela de José Antonio Ortega. El espacio, que se emite todas las madrugadas de los domingos, de 5 a 6 de la mañana, centró su atención durante la madrugada de este domingo, 10 de abril, en las figuras de Lucio Cornelio Balbo el Mayor y Lucio Cornelio Balbo El Menor, personajes de origen gaditano que gozaron de gran notoriedad en la Roma del siglo I a. C. y mantuvieron una estrecha relación Gayo Julio César. SER HISTORIA también se hizo eco de la reciente publicación de “El Secreto de los Balbo”,  último libro del periodista y escritor barreño.

Ortega fue entrevistado para hablar de los Balbo de Cádiz y exponer algunos detalles sobre la relevancia histórica que esta familia gaditana tuvo durante los años finales de la república romana por su amistad con César, Pompeyo, Cicerón, Augusto y otros grandes nombres de la época.

El programa de SER HISTORIA puede volver a escucharse en la web de la Cadena Ser, en la web oficial de Nacho Ares y en la web oficial del libro “El Secreto de los Balbo”.

Balbo El Mayor

Lucio Cornelio Balbo El Mayor (c. 95 a. C. – c. 30 a. C.) fue un caballero de origen gaditano, poseedor de una gran fortuna, amigo íntimo, colaborador y confidente de Gayo Julio César. Mantuvo también una relación de amistad con Gneo Pompeyo Magno, que le recompensó con la concesión de la ciudadanía romana, y con Marco Tulio Cicerón, que le defendió en una ocasión ante los tribunales. Prestó notables servicios al conquistador de las Galias y medió en los acuerdos que llevaron a la constitución del primer triunvirato. También prestó gran ayuda al joven Octavio cuando este aceptó la herencia de su tío-abuelo el año 44 a. C. Tuvo el honor de ser el primer ciudadano no nacido en Italia en ocupar el consulado el año 40 a. C.

Balbo El Menor

Lucio Cornelio Balbo El Menor, sobrino del anterior, fue un destacado político y militar nacido en Gades hacia el año 75 a. C. Participó en la Conquista de las Galias y desempeñó un importante papel en la Guerra Civil que enfrentó a los partidarios de César con los de Gneo Pompeyo Magno, combatiendo en las campañas de Oriente, Egipto, África e Hispania. En su cursus honorum llegó a los cargos de cuestor, propretor y procónsul. Fue miembro del Senado, contó con la amistad y confianza de Augusto y celebró un triunfo el año 19 a. C. por sus victorias sobre los gétulos y los garamantes en tierras norteafricanas, convirtiéndose en el primer ciudadano no nacido en la Península Itálica en gozar de tal distinción.

También patrocinó, gracias a su fortuna, el engrandecimiento y embellecimiento de su ciudad natal, así como la construcción de varios edificios públicos en la capital del gran imperio (entre ellos un teatro consagrado el 13 a. C., que fue ya tenido como una joya de la arquitectura entre sus contemporáneos), e incluso se ejercitó en el oficio de las letras, al igual que otros muchos representantes de la nobleza y la clase ecuestre de su tiempo.

El Secreto de los Balbo

La nueva y última novela de José A. Ortega, “El Secreto de los Balbo”, ha sido publicada por la Editorial GoodBooks y se encuentra a la venta desde el pasado 23 de febrero. La obra se presentó con notable éxito en Los Barrios el pasado 10 de marzo y se presentará el próximo 26 de abril en Algeciras.


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Portada del libro "El Secreto de los Balbo"

El Secreto de los Balbo estará en las librerías a partir del 23 de febrero

La nueva obra de J. A. Ortega, publicada por Editorial GoodBooks, se centra en la figura de un personaje de origen gaditano que gozó de notable protagonismo en la Roma de César y será presentada el próximo mes de marzo.

El nuevo y último libro del periodista y escritor barreño es una crónica novelada sobre uno de los períodos más apasionantes de la historia de Roma contada a través de uno de sus protagonistas. Un personaje de origen gaditano que, pese a no ser muy conocido del gran público, tuvo un protagonismo notable en muchos de los acontecimientos que se sucedieron durante la transición de la República al Imperio. Lucio Cornelio Balbo El Menor, sobrino de Lucio Cornelio Balbo El Mayor, amigo y confidente de Gayo Julio César.

Contraportada del libro "El Secreto de los Balbo"El argumento gira en torno a un supuesto crimen nunca resuelto, ocurrido 15 años antes de la muerte del célebre dictador, y los enredos políticos que se suceden desde que este ínclito ciudadano romano accede a su primer consulado (59 a. C.) hasta que alcanza el poder absoluto.

El texto, no obstante, ofrece a lo largo de todas sus páginas una versión novedosa respecto al desarrollo de muchos de los hechos de la época sobre los que se tienen noticias y plantea alguna que otra hipótesis que sorprende. En particular, sobre la conspiración y el magnicidio de los idus de marzo del 44 a. C., sobre el idilio amoroso entre Cleopatra, reina de Egipto, y Marco Antonio, y sobre la relación de este último con Gayo Octavio, que luego habría de convertirse en César Augusto. Además, está repleta de detalladas referencias tanto históricas como literarias, fruto de una amplia e intensa labor de documentación y consulta de numerosas fuentes.

Balbo El Menor

Lucio Cornelio Balbo El Menor, destacado político y militar nacido en Gades hacia el año 75 a. C., participó en la Conquista de las Galias y desempeñó un importante papel en la Guerra Civil que enfrentó a los partidarios de César con los de Gneo Pompeyo Magno, combatiendo en las campañas de Oriente, Egipto, África e Hispania. En su cursus honorum llegó a los cargos de cuestor, propretor y procónsul. Fue miembro del Senado, contó con la amistad y confianza de Augusto y celebró un triunfo el año 19 a. C. por sus victorias sobre los gétulos y los garamantes en tierras norteafricanas, convirtiéndose en el primer ciudadano no nacido en la Península Itálica en gozar de tal distinción.

También patrocinó, gracias a su fortuna, el engrandecimiento y embellecimiento de su ciudad natal, así como la construcción de varios edificios públicos en la capital del gran imperio (entre ellos un teatro consagrado el 13 a. C., que fue ya tenido como una joya de la arquitectura entre sus contemporáneos), e incluso se ejercitó en el oficio de las letras, al igual que otros muchos representantes de la nobleza y la clase ecuestre de su tiempo.

La novela, en la que el autor ha estado trabajando a lo largo de los últimos cuatro años, estará en las librerías a partir del 23 de febrero y será presentada en Los Barrios el próximo mes de marzo.

Reseña biográfica

J. A. Ortega nació en Los Barrios, provincia de Cádiz, el 4 de enero de 1965. Es periodista y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología.

Hasta la fecha ha publicado cuentos y poemas en antologías compartidas y revistas literarias, tanto en España como en el exterior, y tres libros: “El Reino de las Sirenas” (Ediciones Atlantis, 2011); “El clan de los ilusos” (Publicaciones del Sur, 1999) y “Viaje de regreso” (1996).

Asimismo tiene en su haber numerosos artículos de opinión, reportajes y entrevistas y textos para obras de recopilación histórica y de memorias de personajes conocidos de la comarca campogibraltareña, en la que reside, como fruto de su carrera profesional.

Ha trabajado para los periódicos Europa Sur y El Faro de Algeciras Información. En la actualidad escribe para el diario Viva Campo de Gibraltar, colabora con el periódico digital Noticias de la Villa y es asiduo de tertulias y programas informativos y de entretenimiento en espacios radiofónicos de diferentes emisoras locales.


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La misteriosa enfermedad que torturó a César Augusto

(Artículo de César Cervera; diario ABC)

Cuando todo parecía dispuesto para el final del Princeps, el griego Antonio Musa modificó el tratamiento dando lugar a una recuperación casi milagrosa. El médico lo curó con algo tan sencillo como aplicar baños de agua fría.

Cuando en el año 44 a.C. Julio César fue asesinado por un grupo de senadores, Cayo Octavio era un adolescente completamente desconocido recién adoptado por el dictador romano. Nadie pensó que aquel imberbe fuera en serio en su pretensión de continuar con el legado de su padre político. Cayo Julio César Octavio, sin embargo, consiguió en poco tiempo alzarse como uno de los tres hombres más poderosos de la República –formando inicialmente el Segundo Triunvirato con Marco Antonio yLépido– y más tarde logró gobernar en solitario como Princeps («primer ciudadano» de Roma), para lo cual adquirió la consideración de hijo de un dios. No en vano, una extraña dolencia le recordó, una y otra vez, que era mortal hasta el punto de casi costarle la vida cuando rondaba los 40 años. Sola la intervención de un médico griego evitó que la historia de Roma cambiara radicalmente. Todavía hoy, los investigadores médicos debaten sobre la naturaleza de esta intermitente enfermedad hepática o si, en realidad, se trataban de distintas dolencias no relacionadas entre sí.

El joven Octavio quedó muy pronto huérfano de padre. El patriarca, Cayo Octavio Turino, fue un pretor y gobernador de Macedonia al que, siendo un prometedor político, le alcanzó la muerte de regreso de Grecia a causa de una enfermedad que le consumió de forma súbita en Nola (Nápoles). Curiosamente, Augusto falleció mientras visitaba también Nola muchas décadas después. Numerosos autores apuntan incluso a que murió en la misma habitación en la que falleció su padre. Así y todo, se conocen pocos detalles de la dolencia que causó la muerte del padre y es difícil relacionarla con la que afectó a su hijo.

El niño que «le debe todo a un nombre»

Demasiado joven para participar en las primeras fases de la guerra civil que llegó a Julio César al poder, Octavio se destacó por primera vez como centro de la atención pública durante la lectura de una oración en el funeral de su abuela Julia. Como Adrian Goldsworthy narra en su último libro «Augusto: de revolucionario a emperador» (Esfera, 2015), los funerales aristocráticos eran por entonces acontecimientos muy importantes y servían a los jóvenes para destacarse a ojos de los miembros ilustres de la familia, como ocurrió en esa ocasión con Julio César. El tío-abuelo de Octaviodecidió a partir de entonces impulsar la carrera del joven, que desde su adolescencia empezó a mostrar síntomas de una salud quebradiza. Cuando ya había cumplido la mayoría de edad, el dictador destinó a Octavio a Hispania en la campaña militar contra Cneo Pompeyo, pero debido a una enfermedad sin precisar por las fuentes llegó demasiado tarde para participar en el combate. Impregnado de escaso espíritu militar, el joven romano empleó repetidas veces, ya fuera cierta o no, la excusa de sus problemas de salud para alejarse del lugar de la batalla.

A la muerte de Julio César, Octavio –«un niño que le debía todo a un nombre», como le definían sus enemigos– no era todavía apenas conocido ni siquiera entre los partidarios del dictador fallecido, quienes veían enMarco Antonio al verdadero hombre a seguir. Tras levantar un ejército privado y ponerse al servicio de los propios conspiradores que mataron a su tío, Octavio se enfrentó inicialmente a Marco Antonio y Lépido, dos generales hostiles al Senado a consecuencia de la muerte del dictador. No obstante, los tres acabaron uniendo sus fuerzas, en el conocido comoSegundo Triunvirato, contra los Libertadores, el grupo de senadores que habían perpetrado el magnicidio. Luego de aplicar una durísima represión política, el Triunvirato acorraló a los Libertadores y sus legiones en Grecia yemprendió en el año 42 a.C. la definitiva campaña militar en estas tierras. El desembarco se produjo en Apolonia, donde Octavio enfermó gravemente sin que se conozca hoy la naturaleza de sus síntomas. La dolencia, una vez más, impidió que Octavio participara en plenitud de condiciones en la batalla que puso fin a la guerra.

Los hechos ocurridos en batalla de Filipos, entre los cabecillas del bando de los Libertadores –Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino– yel Triunvirato, dio lugar durante el resto de la vida de Octavio a comentarios malintencionados sobre su poble actuación. O no tan malintencionados. Como apunta el historiador Adrian Goldsworthy, «Octavio no se comportó como cabía esperar de un joven aristócrata romano al frente de una batalla». De hecho, no apareció por ningún lado. Lo que hoy podríamos llamar la versión oficial aseguró que seguía enfermo y prefirió dirigir la batalla desde la retaguardia trasladándose en litera de un lado a otro, aunque la realidad es que cuando las tropas de los Libertadores consiguieron derrumbar el frente que debía dirigir Octavio e internarse en el campamento enemigo no encontraron por ningún lado al joven. En este sentido, la versión más probable es que ni siquiera se encontrara en el campo de batalla, sino escondido en una zona de marismas cercana recuperándose de su enfermedad en un periodo que se prolongó hasta tres días.

El hijo de un dios que era mortal

De una forma u otra, Marco Antonio consiguió dar la vuelta a la situación y acabar finalmente con el conflicto. Puede que Octavio no fuera un buen militar, pero era un hábil político. Tras repartirse el mundo entre los tres triunviratos, Octavio fue consolidando su poder desde Occidente, mientras Marco Antonio desde Oriente caía en los brazos de Cleopatra y fraguaba su propia destrucción política. Lépido, por su parte, se limitó a dar un paso atrás. En el año 31 a.C, Octavio se vio libre de rivales políticos tras derrotara a Marco Antonio, al que primero había desacreditado con una agresiva campaña propagandística, e inició el proceso para transformar de forma sigilosa la República en el sistema que hoy llamamos Imperio. Lo hizo, sobre todo, valiéndose del agotamiento generalizado entre una aristocracia desangrada por tantas guerras civiles sucesivas. Octavio pasó a titularse con el paso de los años Augusto (traducido en algo aproximado a consagrado), que sin llevar aparejada ninguna magistratura concreta se refería al carácter sagrado del hijo del divino César, adquiriendo ambos una consideración que iba más allá de lo mortal. Sin embargo, los problemas de salud de Augusto –como el esclavo que sujetaba la corona de laurel de la victoria de los comandantes victoriosos durante la celebración de un Triunfo– le recordaban con insistencia que era mortal.

La dolencia que torturó de forma intermitente la vida de Augusto tuvo su punto clave a la edad de 40 años. En el año 23 a.C, Augusto era cónsul por undécima vez, algo sin precedentes en la historia de Roma, y tuvo que hacer frente a una seria epidemia entre la población derivada del desbordamiento del río Tíber. Coincidió esta situación de crisis con las guerras cántabras y con el episodio más grave de la extraña dolencia de cuantos registró en su vida. Ninguno de los remedios habituales contra sus problemas de hígado, como aplicar compresas calientes, funcionó en esta ocasión; y todos, incluido él, creyeron que su muerte era inminente. Así, Augusto llamó a su lecho a los principales magistrados, senadores y representantes del orden ecuestre para abordar su posible sucesión, aunque evitó de forma premeditada nombrar a alguien concreto.

Cuando todo parecía dispuesto para el final del Princeps y del sistema que trataba de perpetuar, la llegada de un nuevo médico, el griego Antonio Musa, modificó el tratamiento dando lugar a una recuperación casi milagrosa. Musa lo curó con hidroterapia alternando baños de agua caliente con compresas frías aplicadas en las zonas doloridas. El agua frío y ese médico griego habían salvado su vida, por lo que Augusto le recompensó con una gran suma de dinero. El Senado, en la misma senda, concedió a Musa una nueva suma de dinero, el derecho a llevar un anillo de oro y erigió una estatua suya junto a la de Esculapio, el dios de las curas. Las muestras de agradecimientos se completaron con la decisión senatorial de dejar exentos del pago de impuestos a todos los médicos.

Ni siquiera hoy está claro cuál fue la naturaleza exacta de la enfermedad que hostigó al Princeps en los diferentes periodos de su vida, aunque lo más probable visto con perspectiva es que no fuera una única dolencia,siendo su salud siempre fue muy frágil y propensa a vivir momentos de colapso. En su largo historial médico registró problemas de eccema, artritis, tiña, tifus, catarro, cálculos en la vejiga, colitis y bronquitis, algunos de los cuales se fueron enconando con el tiempo para convertirse en crónicos, al tiempo que sentía pánico por las corrientes de aire.

Augusto, en cualquier caso, no volvió a sufrir más problemas de hígado ni registró estados graves más allá de algún catarro primaveral. Al contrario, el Princeps murió en Nola a la avanzada edad de 76 años, lo cual generó el problema contrario al que le había preocupado en su juventud: ¿Quién de los sucesores señalados en diferentes periodos viviría tanto para sobrevivir al longevo romano? Desde luego Marco Vipsanio Agripa –el más fiel de sus aliados y el hombre señalado para sucederle cuando a punto estuvo de fallecer en el año 23 a.C– no pudo hacerlo y fue él quien murió en el 12 a.C. Muy diferente fue el caso del hijastro de Augusto, Tiberio Claudio Nerón, que, habiendo caído en desgracia décadas atrás, tuvo tiempo de recuperar el favor del Princeps antes de su fallecimiento. Tiberio –que se hallaba presente junto con su esposa Livia en el lecho de muerte de Augusto– asumió la cabeza de Roma y pudo escuchar de primera mano las últimas palabras de Augusto: «Acta est fabula, plaudite» (La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!).

Origen: La misteriosa enfermedad que torturó al emperador César Augusto hasta los 40 años


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